

¡Hola!…¡Buenos Días!…¿Qué tal?. Hoy, viernes 19 de Junio, después de haber compartido el ejercicio de los cuatro pasos —el resorte, el brote, el prisma y el sol — para ayudar a los niños a reconocer esa pequeña semilla de confianza que vive en su interior y que, desde el juego y la conversación, pasen de la duda a la creencia y confianza en sí mismos, nos aproximamos a los juegos sensoriales con el artículo titulado: “¿Cómo ayudar a los niños a hablar del optimismo que sienten?”.
De este modo, en el camino de aprendizaje acerca de los niños y la sensación de optimismo —en el que hemos transitado desde qué es el optimismo para los niños, a cómo ayudar a los niños a reconocer el optimismo que sienten y a cómo ayudar a los niños a pensar en el optimismo que sienten—, en este momento, a propósito de nuestro tema de hoy, cómo ayudar a los niños a hablar del optimismo que sienten, nos enfocamos en los juegos sensoriales.
Los juegos sensoriales, como actividades personales y colectivas orientadas a la exploración con los sentidos —la vista, el tacto, el olfato, el gusto y el oído—, actúan como conectores hacia el optimismo y la estabilidad emocional, al favorecer la transformación de sensaciones físicas inmediatas, como el calor y la luz del sol, en experiencias de crecimiento que, una vez registradas, permiten a los niños reconocer sensaciones orgánicas complejas, desde la reacción de su cuerpo a los cambios del entorno hasta la respuesta de su mente ante los desafíos cotidianos, logrando orientar su energía y confianza hacia sus sueños, deseos y proyectos.
En este proceso de tomar conciencia del vínculo entre su estado de ánimo y su entorno, los niños comienzan a desarrollar formas fundamentales de autorregulación que les permiten canalizar sus emociones y responder de manera adaptada a los estímulos externos, entendiendo que el optimismo es una sensación a la que siempre pueden recurrir; y de ese modo, al reconocer cómo el brillo suave estimula su imaginación y cómo el calor sutil fortalece su confianza, los niños desarrollan la capacidad de buscar por sí mismos los estímulos reconfortantes que necesitan para sostener el optimismo y afrontar con mayor serenidad situaciones difíciles, transformando los momentos de duda en oportunidades para aprender, crecer y seguir intentando.
Como responsables del aprendizaje emocional de nuestros hijos, nietos, sobrinos y alumnos, nosotros, los adultos, nos convertimos en los guías fundamentales que aportamos nuestro propio optimismo para que cada niño aprenda a leerse por dentro y a hablar del optimismo que siente; y al proponer juegos sensoriales que integran la acción y los sentidos, como sembrar semillas de confianza y percibir el brote de sus propias ilusiones mientras imagina sueños y proyectos futuros, ayudamos a cada niño a organizar su mundo interno, a verbalizar y a desarrollar el vocabulario necesario para nombrar su optimismo, antes de que cualquier dificultad disminuya su entusiasmo o su confianza en sí mismo.
Es así que, para cerrar el ciclo de artículos dedicados a los niños y la sensación de optimismo, y a la vez abrir el ciclo de los niños y la sensación de paz con el próximo artículo titulado: “¿Qué es la paz para los niños?”, compartimos, como material para ayudar a los niños a hablar del optimismo que sienten, el juego sensorial: “El Sembrador de Sueños”.
Materiales: maceta pequeña; arena mágica o arena fina; papel de seda amarillo suave y amarillo intenso; linterna; flores de cartulina blanca; lápices de color amarillo suave e intenso; sorbetes verdes; papel lustre verde; pegamento; cinta adhesiva; una cartulina amarilla en forma de sol; y malvaviscos amarillos de dos tonos para formar la “lonchera del sol y las flores”.
Pasos:
Preparar la Tierra: el adulto y el niño eligen juntos un rincón cálido e iluminado. Llenan la maceta con arena mágica hasta la mitad. El adulto guía la atención del niño hacia su interior y le pregunta: “Si tu optimismo de hoy fuera una semilla mágica, ¿de qué color sería: amarillo suave como un patito o amarillo intenso como el sol?”.
Sembrar el Calor: el niño rasga trozos de papel de seda y usa sus manos para moldear pequeñas bolitas con los dos tonos de amarillo. Luego, “siembra” cada bolita en la arena mágica. Al terminar, el adulto invita al niño a frotar sus manos una contra otra rápidamente para encender el calor de su cuerpo. Cuando estén bien calentitas, ambos se llevan las manos al pecho. Finalmente, el adulto pregunta con voz suave: “Siente el calor de tus manos… ¿Qué pensamiento valiente, feliz o agradable enciende hoy tu pecho?”.
Cultivar la Luz: el optimismo es luz que crece con un entorno positivo. Por eso, en lugar de agua, la planta se “riega” proyectando la luz de una linterna sobre la maceta. Mientras el niño ilumina la arena, el adulto pregunta: “¿Qué deseas decir hoy a tu semilla para que crezca fuerte y se convierta en un gran árbol de flores amarillas?”.
Imaginar el Mañana: el adulto entrega al niño siluetas de flores hechas en cartulina blanca y lápices de color amarillo suave e intenso para que coloree libremente. Al terminar, el niño, con ayuda del adulto, pega las flores en sorbetes verdes a modo de tallos y completa con hojas de papel lustre. Armadas las flores, el adulto invita al niño a insertarlas en la maceta y pregunta: “Cuando estas flores crezcan, ¿qué sueño, deseo o proyecto te gustaría ver florecer en tu vida?”.
Compartir los Sueños: el adulto coloca junto a la maceta una cartulina en forma de sol. Luego invita al niño a observar sus flores y pregunta: “¿Cuál de estas flores representa un sueño, un deseo o un proyecto que más te gustaría ver crecer?”. Después, anima al niño a contar qué espera que ocurra y qué le gustaría hacer para ayudar a que ese sueño, deseo o proyecto florezca.
Celebrar el Optimismo: el adulto y el niño observan juntos el jardín terminado y disfrutan su lonchera del sol y las flores mientras conversan sobre las cosas que les dan alegría, confianza y esperanza. Luego, el adulto pregunta: “Después de sembrar y cuidar tus flores, ¿cómo se siente tu optimismo hoy?”.
Al finalizar el juego, nuestros niños continúan reconociendo el optimismo que sienten y, gracias a la experiencia, comienzan a hablar de su entusiasmo con mayor claridad, preparándose, de esta manera, para dar paso a una nueva y luminosa sensación en su camino de aprendizaje: “la Paz”.
Con cariño,
Lili Marlene
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