

¡Hola!… ¡Buenos Días!… ¿Qué tal?. Hoy, viernes 15 de Mayo, después de haber aprendido que para ayudar a nuestros hijos, nietos, sobrinos y alumnos a reconocer su calma, la clave es validar sus reflexiones a través del juego y la conversación, tomando en cuenta tres enfoques según su edad (la sensación física, la simbolización y la intensidad y el espacio), damos un paso más en nuestro camino de aprendizaje con el artículo titulado: “¿Cómo ayudar a los niños a pensar en la calma que sienten?”.
En ese sentido, partimos de dos bases, por un lado, cómo nuestros niños comprenden la calma: como “refugio” o lugar seguro, como “cristal” o transparencia que les ayuda a mirar lo que pasa a su alrededor, y como “timón” o poder de decidir; y por otro lado, cómo nosotros, los adultos, podemos acompañar sensorialmente a los niños, usando “la sensación física” (3 años) con reflexiones asociadas a la suavidad de su respiración, “la simbolización” (4 años) con reflexiones asociadas a los elementos de la naturaleza, y “la intensidad y el espacio” (5 años) con reflexiones asociadas a los niveles de la calma.
De este modo, al acompañar a nuestros hijos, nietos, sobrinos y alumnos a descubrir su calma, lo fundamental es ayudar a cada niño a construir un espacio interior de la calma donde puedan observar sus pensamientos y emociones con objetividad, claridad y autorregulación, de modo que logren comprender que la calma, tanto interior como exterior, se gana y se pierde, y que es una sensación que todos nosotros, adultos y niños, podemos medir, ubicar, explorar y regular en beneficio propio y de los otros.
Ahora bien, para ayudar a los niños en la construcción de su espacio interior de la calma, y que desde el juego y la conversación cada niño pase de la agitación a la serenidad y conciencia interior, proponemos cuatro pasos:
El “Lago”: cuyo objetivo es medir la calma, preguntando a los niños: “Si tu calma fuera un lago, ¿el agua está quieta como un espejo o tiene pequeñas olas?”.
La “Isla”: cuyo objetivo es ubicar la calma, preguntando a los niños: “¿En qué parte de tu cuerpo sientes una isla suave y protegida?”.
El “Cielo”: cuyo objetivo es explorar la calma, preguntando a los niños: “¿Cómo está el cielo dentro de ti hoy: despejado y azul, o hay alguna nube flotando por ahí?”.
La “Brisa”: cuyo objetivo es regular la calma: les pedimos que tomen aire suavemente por la nariz para cargarse de frescura, y que lo suelten muy lentamente por la boca haciendo “Fffffffff” para acariciar el entorno con su respiración.
Por ejemplo, imaginemos que nuestro hijo, nieto, sobrino o alumno está frustrado porque no le sale un dibujo y lanza el lápiz al suelo. Y en lugar de corregirlo en ese momento, decidimos acompañarlo a recuperar su centro aplicando los cuatro pasos:
Primero, con “El Lago”, le preguntamos para medir su estado: “Si tu calma fuera un lago ahora mismo, ¿el agua está quieta como un espejo o tiene pequeñas olas?”, y el niño puede responder: “¡Tiene olas muy grandes y ruidosas!”. Luego, con “La Isla”, lo invitamos a ubicar la calma en su cuerpo: “¿En qué parte de ti sientes que hay una pequeña isla suave y protegida: en tu pecho, en tus manos o en tu cabeza?”, y reconoce dónde reside su punto de tranquilidad.
Después, con “El Cielo”, lo ayudamos a explorar su interior: “¿Cómo está el cielo dentro de ti hoy: despejado y azul, o hay alguna nube flotando por ahí?”, y el niño puede decir que ve nubes oscuras o una tormenta. Finalmente, le proponemos “La Brisa” para regular la calma: “Vamos a traer el viento suave; toma aire profundamente por la nariz para cargarte de frescura y luego suéltalo muy despacio por la boca haciendo 'Fffffffff' para que esa brisa sople las nubes y limpie tu cielo”.
Y, para cerrar la experiencia y ayudar al niño a reconocer el cambio hacia la relajación y la serenidad, le preguntamos: “¿Cómo está tu cielo ahora?”.
En resumen, estos cuatro pasos —medir, ubicar, explorar y regular— invitan a los niños a pausar su cuerpo con un propósito y, de esta manera, cada niño aprende a liberar tensiones, a reconocer sus límites y a desarrollar su autorregulación paso a paso.
Y es así como este ejercicio de autoconocimiento corporal de cuatro pasos —lago, isla, cielo y brisa— se transforma en una experiencia de autoexpresión sensorial que conecta a nuestros hijos, nietos, sobrinos y alumnos con sus lenguajes no verbal y verbal, y a nosotros, papás, abuelos, tíos y maestros, nos conduce hacia el siguiente paso con el artículo titulado: “¿Cómo ayudar a los niños a hablar de la calma que sienten?”.
Con cariño,
Lili Marlene
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