

¡Hola!…¡Buenos Días!…¿Qué tal?. Hoy, viernes 22 de Mayo, después de haber compartido el ejercicio de los cuatro pasos —el lago, la isla, el cielo y la brisa — para ayudar a los niños a construir un espacio interior de la calma y que, desde el juego y la conversación, pasen de la agitación a la serenidad y conciencia interior, nos aproximamos a los juegos sensoriales con el artículo titulado: “¿Cómo ayudar a los niños a hablar de la calma que sienten?”.
De este modo, en el camino de aprendizaje acerca de los niños y la sensación de la calma —en el que hemos transitado desde qué es la calma para los niños, a cómo ayudar a los niños a reconocer la calma que sienten y a cómo ayudar a los niños a pensar en la calma que sienten—, en este momento, a propósito de nuestro tema de hoy, cómo ayudar a los niños a hablar de la calma que sienten, nos enfocamos en los juegos sensoriales.
Los juegos sensoriales, como actividades personales y colectivas orientadas a la exploración con los sentidos —la vista, el tacto, el olfato, el gusto y el oído—, actúan como conectores hacia la calma y la estabilidad emocional, al favorecer la transformación de sensaciones físicas inmediatas, el como el calor y la luz del sol, en experiencias de quietud que, una vez registradas, permiten a los niños reconocer sensaciones orgánicas complejas, desde la reacción de su cuerpo a los cambios ambientales, hasta la respuesta de su mente al paso de la luz a la oscuridad, logrando aminorar la energía externa y su transformación en una fuerza de paz interna.
En este proceso de tomar conciencia del vínculo entre su estado de ánimo y su entorno, los niños comienzan a desarrollar formas fundamentales de autorregulación que les permiten cobijar sus emociones y responder de manera equilibrada a los estímulos externos, entendiendo que su calma es un estado natural al que siempre pueden retornar; y de ese modo, al reconocer cómo la penumbra suave desacelera su ritmo y cómo el calor sutil apacigua su agitación, los niños desarrollan la capacidad de buscar por sí mismos los estímulos reconfortantes que necesitan para sostener la calma y prevenir un desborde emocional ante la aparición de una reacción intensa, logrando suavizar el tránsito de emociones complejas, como la frustración o la tristeza, antes de que superen su propia capacidad de gestión, y transformando el espacio de tensión en un refugio de contención y equilibrio consciente.
Como responsables del aprendizaje emocional de nuestros hijos, nietos, sobrinos y alumnos, nosotros, los adultos, nos convertimos en los guías fundamentales que aportamos nuestra propia calma para que cada niño aprenda a leerse por dentro y a habitar la calma que siente; y al proponer juegos sensoriales que integran la pausa y los sentidos, como reposar en su isla de la calma y percibir su respiración y sus latidos del corazón mientras mira el cielo, ayudamos a cada niño a organizar su mundo interno, a verbalizar y a desarrollar el vocabulario necesario para nombrar su calma antes de que cualquier estímulo supere su capacidad de gestión emocional.
Es así que, para cerrar el ciclo de artículos dedicados a los niños y la sensación de la calma, y a la vez abrir el ciclo de los niños y la sensación de optimismo con el próximo artículo titulado: “¿Qué es el optimismo para los niños?”, compartimos, como material para ayudar a los niños a hablar de la calma que sienten, el juego sensorial: “La Isla de la Calma”.
Materiales: manta de color azul; cojines de color marrón; cortes de telas lisas, pompones y algodones; campanita de sonido suave; tizas celeste y blanca; y malvaviscos de colores celeste y blanco de 2 tamaños para formar su “lonchera de cielo y nubes”.
Pasos:
Crear el Lago: el adulto y el niño eligen un rincón seguro, silencioso y cálido donde extender la manta a modo de formar un lago. Luego, el adulto pregunta al niño: “Si tu calma fuera este lago, ¿cómo está hoy: tranquila como un espejo o con pequeñas olas?”.
Construir la Isla: el niño organiza los cojines a un lado del lago formando “su isla de la calma”. Y cuando el niño está recostado en su isla y mirando el cielo, el adulto lo invita a tocar suavemente su pecho, sus manos o su cabeza mientras pregunta: “¿En qué parte de tu cuerpo sientes una pequeña isla suave y protegida?”.
Mirar el Cielo: el niño recostado en la isla, mientras dirige su mirada hacia el cielo, imagina un cielo dentro de sí. Luego, toca las telas lisas, los pompones y los algodones para explorar distintas sensaciones de tranquilidad. Y el adulto pregunta: “¿Cómo está el cielo dentro de ti hoy: despejado y azul, o hay alguna nube flotando por ahí?”.
Sentir la Brisa: el adulto hace sonar suavemente la campanita y ambos toman aire lentamente por la nariz para “cargarse de frescura”. Después, sueltan el aire despacio haciendo: “Fffffffff…” como si una brisa suave estuviera acariciando el lago y moviera lentamente las nubes. Y el adulto pregunta: “Y, ahora: ¿Cómo está tu cielo?”.
Guardar la Calma: el adulto dibuja con tiza celeste un círculo alrededor del lago y con tiza blanca escribe: “En este espacio, vive nuestra calma”.
Celebrar la Calma: el adulto y el niño arman su plato de cielo celeste y nubes blancas, y disfrutan su lonchera mientras hablan sobre las experiencias que ayudan a su cuerpo y su mente a sostener su calma.
Al finalizar el juego, nuestros niños continúan reconociendo la calma que sienten y, gracias a la experiencia, comienzan a hablar de su tranquilidad con mayor claridad, preparándose, de esta manera, para dar paso a una nueva y luminosa sensación en su camino de aprendizaje: “el Optimismo”.
Con cariño,
Lili Marlene
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